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Gentleman

Miércoles, siete de la tarde. En la puerta de un gimnasio de barrio, dos mujeres de unos cuarenta años de aspecto un tanto pijo, charlan animadamente tras recoger a sus hijos de clases de judo. A un par de metros, los dos niños, con el kimono todavía puesto, juegan a darse patadas imaginarias. Un hombre de chaqueta y corbata, que también ronda la cuarentena, va caminando por la acera. Al pasar delante de la puerta del gimnasio mira de reojo a las madres y decide unirse a la escena.

El tipo, asegurándose de que las dos mujeres noten su presencia, se dirige a los niños que siguen dándole patadas al aire:

-No, mira- le dice a uno de ellos- así no se hace, hay que golpear así, tienes que girar así la pierna y luego si te atacan, tienes que ponerte así- demostrando a las señoras, que ya han parado la conversación y lo observan, que a pesar de su edad, y aunque vaya vestido de ejecutivo, es un tío atlético capaz de levantar la pierna hasta una altura aceptable.

El hombre, satisfecho con su improvisada actuación, e intentando imitar al gentleman de alguna de sus películas favoritas, despliega hacia las madres la mejor de sus sonrisas, da un simpático toque a la cabeza de uno de los niños y emprende de nuevo la marcha mientras pone la guinda al pastel guiñando un ojo hacia las mujeres. Dos segundos más tarde:

– No le diga al niño cómo tiene que hacer el judo, que después se hace un lío y se le olvida lo que le ha dicho el profesor- una de las madres se dirige a él con un tono absolutamente neutro.

– Le estaba diciendo al niño cómo tenía que girar la pierna…

– No, pero es que usted no es su profesor- interrumpe la madre la explicación del hombre trajeado.

– Lo siento, señorita, no pensaba que…

La madre nº 2 decide unirse a la conversación:

– Es que los niños llevan toda la tarde aquí metidos- señala el gimnasio- aprendiendo, y ahora no vas a venir tú a decirle cómo tiene que hacerlo- el tuteo ha empezado, y no porque ya haya confianza ni simpatía de por medio.

– Pues nada, que el niño siga haciéndolo mal- el tipo, se percata de la situación y se pone a la defensiva; acaba de asumir que la retirada es la mejor opción y vuelve a darse la vuelta para seguir su camino.

– ¿Cómo que mal? ¿Vas a saber más tú que el profesor, no?- grita la madre nº 1 haciendo que el hombre se pare de nuevo y se vuelva hacia ellas.

Los niños miran boquiabiertos la conversación, girando sus cabezas a un lado y otro, como el público en un partido de tenis.

-Yo lo que sé es que el niño no pega la patada como tiene que hacerlo, señora; pero si tu madre quiere que lo hagas mal- el tipo se dirige de repente al niño- pues nada, hazle caso, que para eso es tu madre…

-Tú eres es un gilipollas- le grita al hombre la madre nº2

El hombre enchaquetado balbucea, como pretendiendo largar un insulto a las mujeres y empieza a alejarse de la zona cero.

– ¡Vete a la mierda, payaso! ¡Que te den por culo, imbécil!- corean la madre nº1 y la madre nº2 mientras el hombre se quita de en medio torciendo lo más rápido posible la primera esquina que encuentra.

La quiniela del abuelo

Es viernes, nueve de la noche. Varios niños de unos seis o siete años juegan un caótico partido de fútbol en un parque infantil. El tobogán de diseño que hay en el centro molesta bastante a la hora de enlazar cualquier jugada, pero ellos lo aceptan como una parte  más. Enfrente del “estadio de fútbol”, una acera con varios bares. De uno de ellos sale el padre de uno de los niños, que se acerca hasta la valla del parque. En una mano la cerveza, en la otra sujeta un móvil. “Iván, la quiniela del abuelo”. El niño termina la jugada en la que estaba participando y se acerca al padre limpiándose el sudor en la incómoda camisa que le habían obligado a ponerse esa noche. No se queja de la interrupción porque sabe que es su obligación y sólo será un momento. Agarra el teléfono. Se pasea de un sitio a otro junto a la vaya con actitud de hombre de negocios dando órdenes para que compren o vendan acciones. Con gesto concentrado, consciente de la importancia de sus palabras, escucha atento el otro lado del teléfono ante la presencia de su padre y va decidiendo “uno, equis, uno, dos, equis…”. Termina su trabajo y vuelve al partido.