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Erasmus

Un apuesto joven al que besó en los labios con dulzura; una casa que olía a recién encalada, lista para entrar a vivir; niños que correteaban, a los que nunca les faltaba la comida; dos kilómetros diarios para conseguir agua; el hijo del vecino al que la meningitis dejó tonto, aunque comía naranjas a diario.
Después le digo que aunque estoy lejos estoy bien; que la veo muy guapa; que este próximo fin de semana, sí que sí, iremos todos los nietos a verla y que le diga a la señora que la cuida que apague el ordenador.

Éste es el microrelato con el que he participado en el concurso de esta semana de la Cadena Ser y Escuela de escritores. La frase de partida era: “Un apuesto joven al que besó en los labios con dulzura”. El relato ganador ha sido el de Gabriel de Biurrun, titulado “Selección”:

Un apuesto joven al que besó en los labios con dulzura, un hombre casado, feo pero tierno, al que no besó, pero cuya larga cabellera rubia le hizo cosquillas un momento; un señor mayor con una voz muy bonita, un adolescente encendido y unos siameses prodigiosos. Incluso una chica de risa seria y contundente. Todos elegidos, todos candidatos a una segunda oportunidad entre los brazos de Matilde Urbach. Todos apretujados en aquel enorme congelador.

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Culpable

-A mí me empiezan a entrar dudas, Vicenta. Y mira que ayer lo tenía clarísimo: culpable. Pero digo yo que si hubiera servido para juez no me habría tirado 45 años en la obra. Y ahora, ¿a tener que decidir sobre la vida de una muchacha a la que no conozco? Ni a ella, ni a sus padres, ni al novio… no me gusta jugar a ser Dios, Vicenta, no me gusta.

-Eso que nos ahorramos en llamadas a números caros. Apaga y vente a dormir ya, hombre- gritó desde la cama mientras se lamentaba-. Maldito el momento en el que dije, ‘¿A ver? Deja eso’.

Este es el microrelato (alrededor de 100 palabras como máximo) que he presentado al concurso de la Escuela de Escritores, en la Cadena Ser, “Relatos en Cadena” esta semana. La frase de arranque era “a mí me empiezan a entrar dudas”. Mi relato no se ha clasificado entre los tres primeros.

Edición: El relato ganador, merecidamente, ha sido el de Javier Nuño Rodríguez:

A mí me empiezan a entrar dudas de que se haya ido para siempre. Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada.

Vocación

¡Ladrones! ¡Son unos ladrones! La voz de Pablito atronó desgarrada. El grito venía del cuarto de baño que había al final del pasillo. María, sobrecogida, salió de la cocina y recorrió la casa con el corazón en un puño y con el cuchillo con el que estaba cortando el pan en el otro. La puerta del baño estaba entreabierta.

Allí, subido en una silla frente al espejo del lavabo, Pablito hacía el signo de la victoria con los dedos, sonreía enseñando sus dientes de leche y se despedía del público agitando una mano.

– Mami, ¿está ya la comida?

María lo ayudó a bajar del escenario, y con manos temblorosas, le quitó la corbata mal anudada de su padre que le llegaba hasta las rodillas.

– Ya falta poco, hijo.

Este es un relato con el que participé hace un mes en el concurso que la Escuela de Escritores organiza cada semana en la Cadena Ser. El relato no se clasificó.

Asado de Ternera

“Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla”, así me decías nada más acercarme al cristal del mostrador. Entrabas en la cámara frigorífica y volvías con la carne, roja y brillante, como si acabaran de matar al animal. La soltabas sobre la bandeja, tecleabas el código y aparecía el precio en la ventanita.

Demasiado cara para mi bolsillo, pero yo prefería ahorrar en tomates y jamón, antes que renunciar a la tapilla. “¿Cómo la quieres, guapa?”, preguntabas mientras la recorrías con la mano como si la acariciaras. Y sin esperar mi contestación, porque tú la sabías de otras veces, afilabas el cuchillo y la ibas limpiando. Yo te dejaba hacer sin hablar, no fueras a cortarte; y tú encogías los dedos de la mano izquierda, presentando los nudillos al filo del acero. Agarrabas el mango del cuchillo con la otra mano y lo movías con precisión para no llevarte ni un gramo de carne. Sólo la piel y la grasa. Me gustaba verte trabajar para mí con tanto mimo. “¿Te la meto en la malla, guapa?”, preguntabas guiñándome un ojo. Y yo me ponía roja. “No, que encoge”, te decía. Y tú: “¡Cuánto sabes, guapa! ¿Y cómo la preparas?”. Entonces yo volvía a darte la receta: “Sal; unas vueltas en el aceite de oliva, hasta que se dore; una cebolla en aros; orégano; un vaso de vino blanco, y veinte minutos en la olla. Luego enfriar y cortar en filetes”. “¡Qué bien lo haces, guapa! Tu marido debe de estar muy satisfecho”, decías. Pero no, a mi marido le daba igual. “Algunos no saben apreciar lo que tienen en casa. Toma, guapa”. Al entregarme la carne envuelta, nuestras manos se tocaban. Tú tardabas unos segundos en retirar la tuya y a mí se me aflojaban las piernas y tenía que hacer un esfuerzo para moverme de allí. Pasaba por la frutería a por las naranjas y los tomates baratos, luego por la charcutería a comprar la mortadela de aceitunas y el chorizo de guisar, y por último a la pescadería a por los chicharros y las sardinas. Cuando ya no tenía nada que comprar, remoloneaba un poco entre los puestos, haciendo como si mirase la mercancía, y después, a mi pesar, volvía a casa.

Agustín llegaba del trabajo y todo eran quejas. Que si estoy agotado, que si vaya vida, siempre trabajando, que si a ver si preparas pronto la cena para irme a dormir. A mí ni preguntarme qué tal me había ido. Luego se quedaba transpuesto en el sillón mientras yo ponía el vídeo con la película de Hilda y lloraba un poco, a lo tonto, con aquella bofetada del protagonista a su chica. A veces Agustín se iba a la cama antes de que terminase y cuando yo entraba en la habitación, él ya estaba roncando. Otras, las menos, se espabilaba un poco y nada más meternos entre las sábanas, se me ponía encima con esa respiración de asmático que tanto odiaba. Yo cerraba los ojos y eras tú el que me abrazaba, y eran tus manos las que subían por mi espalda y se enredaban en mi pelo, pero más suave, porque Agustín, más que acariciar, restregaba y daba tirones. Luego él se retiraba de golpe y se daba la vuelta con un buenas noches, como si nada, dejándome a dos velas y sin sueño. Antes de que tus piropos, tus guiños y tus miradas, me animaran a vestirme con mi mejor falda y mi mejor jersey; antes de que aguantara el suplicio de los tacones; antes de que me pusiera la raya negra en los ojos y el carmín en los labios; antes de que tú me dijeras tengo reservada para ti, guapa, una tapilla, yo lloraba en silencio hasta que el sueño me rendía. Pero fue conocerte, y pasar la noche soñando con que eras tú el que dormía a mi lado. Y no me dabas la espalda. Me abrazabas y me decías esas cosas tan bonitas que sabes decir. Yo volvía a la mañana siguiente al mercado, bien arreglada para ti, con el carrito de la compra, aunque muchos días no tenía nada que comprar y sólo lo paseaba de un lado a otro mientras te miraba, y tú a mí, por el rabillo del ojo. A veces me gritabas: “¿Hoy no me quieres, guapa?”. Y yo que no, que tengo carne en el frigorífico, que mañana.

“Algunos hombres no saben apreciar lo que tienen. ¡Ay si no fuera porque estás casada!”, dijiste el viernes antes de darme la tapilla. Y yo sentí más que nunca tener que dejarte detrás del mostrador para volver a casa. Se me hizo insoportable la sola presencia de Agustín. Se me hizo insoportable no poder verte durante el fin de semana. El mercado tenía echado el cierre y yo paseé por la acera, arriba y abajo, taconeando con rabia, como un animal al que le niegan la comida. Porque tú me alimentabas con tus guiños y tus piropos y esa manera de decir: “Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla”. El sábado se hizo interminable, a pesar de Hilda y de mis paseos. El domingo fue menos cruel. Cada minuto que avanzaba en la esfera del reloj, era uno menos para volver a verte. Un alivio mirar por la ventana y ver el sol desaparecer detrás de los edificios. Esperé en un duermevela a que la noche se consumiera, con Agustín al lado, roncando y diciendo palabras sin sentido. Lo movía un poco y él: “¿Qué pasa?”. “¡Qué va a pasar!, que roncas”. Se daba la vuelta y en seguida otra vez. No soportaba su sueño de cavernícola, no soportaba su despertar con el aliento a saliva rancia. Lo estuve mirando mientras se afeitaba, con los cordones del pijama colgando debajo de la tripa, y sus brazos fofos y velludos saliendo de la camiseta de tirantes. Me dio como un mareo, una náusea seca, de esas tan malas porque no tienes nada que echar. Pero yo si tenía algo que echar aunque no era comida. Me puse mi mejor vestido, ese azul que dijiste que te gustaba tanto, y unos zapatos de tacón muy alto. Pasé mucho tiempo delante del espejo cubriendo con una capa de maquillaje las bolsas de los ojos de tan poco y mal dormir; di color a mis mejillas sin jugo; pinté mis labios de rojo pasión, y me fui al mercado sin carrito. Me acerqué al mostrador, y antes de que tú hablaras, te dije: “Voy a dejar a mi marido”.  Te quedaste callado y miraste a un lado y a otro como si buscaras algo, luego dijiste que lo sentías mucho y yo me quedé frente a una paletilla de cordero, un pollo y un conejo, sin poder esconderme. Luego, me preguntaste muy serio qué quería, y yo te contesté sujetando el llanto: “¡Qué voy a querer! La tapilla”.

Lola Sanabria, ex-colaboradora de la revista ElGranPoder.com y mi “relatista” favorita.

La búsqueda

El reloj del Ayuntamiento anunciaba las cinco de la tarde. Es la época en que las hojas de los árboles decoran la céntrica plaza. Parece que alguien las hubiera colocado estratégicamente en el suelo. Esos colores ocres hacen pareja perfecta con el medio centenar de quioscos de color gris que habitan la plaza durante el tiempo que dura la feria del libro.

El año anterior me quedé con ganas de ir, así que este año decidí que iba a dedicar una tarde a pasear ojeando viejos libros. Tras devolver a su sitio un ejemplar perfectamente conservado de Versos de Guadarrama, de Leopoldo Panero, decidí que era hora de ir a tomar un café. Llevaba ya recorriendo los quioscos de la feria algo más de una hora. Antes de irme, mientras hacía como que buscaba algún ejemplar, observé durante un par de segundos al dueño del stand.

Era un señor con barba y gafas de pasta negras de alrededor de cincuenta años. Vestía gabardina, bufanda, sombrero y pantalones de pana. Al tipo le quedaba bien el papel de librero ambulante. Con la mano izquierda se acercaba a la boca una pipa. Olía a tabaco seco en varios metros a la redonda. Con la derecha colocaba minuciosamente en su sitio unos libros para que estuvieran bien a la vista de los visitantes.

Del inconveniente de haber nacido. El título me llamó la atención y decidí retrasar el café un par de minutos. Un libro escrito en el 73 por un filósofo rumano, un tal Emile Ciorán. Pesimismo puro y duro. La contraportada estaba vacía, pero la sinopsis podía haber sido perfectamente algo así como: “un libro para entrar en depresión de forma culta”. Cuando iba a cerrarlo para evitar suicidarme allí mismo, encontré algo apuntado en el margen de una página. Estaba escrito a boli, quizá a pluma. Sólo Solos Somos Libres. El breve mensaje lo firmaba una tal María J.

En ese momento lo vi claro. Tenía que hacerlo. La aventura iba a ser dura. Iba a sufrir muchos reveses. Iba a arriesgarme a la más que probable posibilidad de fracasar, pero me apetecía intentarlo. Me sentía como el protagonista de aquel libro de Saramago, un hombre triste y aburrido que trabajaba en el registro civil y que un día decidió darle emoción a su vida saliendo a la búsqueda de una mujer de la que sólo tenía un parte de bautismo de hacía 50 años.

Tenía que encontrar a la chica o mujer que había escrito, quién sabe hace cuantos años, esa frase, Sólo Solos Somos Libres, y preguntarle el por qué de una afirmación tan pesimista. ¿María se habría contagiado tras leer aquel deprimente libro de Ciorán? ¿Sería así de siempre y por eso eligió una lectura como aquella? Empecé a sentir un agradable cosquilleo en mi estómago. Es el mismo que se tiene siempre que se toma la decisión de adentrarse en algo que provoca especial ilusión.

El paso primero tenía que ser, obligatoriamente, averiguar de dónde venía el libro. Según el cartel, la librería del tipo de la pipa era de Granada. Librería López (Granada). Había bastantes libros antiguos bien conservados, que el librero habría comprado probablemente a quienes quisieran deshacerse de ellos, para venderlos luego por un precio mayor en este tipo de ferias. María J, de Granada. Me gustaba cómo sonaba. Si era joven, tenía que ser guapa, seguro. María J, de Granada. La ciudad de la Alhambra. María J, triste, leyendo a Ciorán, sentada en el Albaicín, observando la Alhambra a lo lejos, componiendo tristes versos. De puta madre. Si era mayor, tampoco estaría mal. Sería interesante el debate con ella: María J, con la experiencia que le han dado los años, ¿de verdad piensa que Sólo Solos Somos Libres?

Dejé de divagar y me puse manos a la obra. Aproveché que no había nadie en el stand, sólo el librero y yo.

– ¡Perdone! – me dirigí al maniquí con pipa, gabardina y gafas de pasta

– Sí, dime

– Verá, es una pregunta un poco extraña, pero, ¿sabría decirme usted desde cuándo tiene este libro a la venta?

– Pues claro que sí, hombre. Unos dos años, más o menos. El tiempo que hace que tengo la librería. Me la traspasó mi cuñado de Granada. Y a ese libro, lo que le pasa es que, aunque está nuevo… vamos, ya lo está viendo usted…  lo que le pasa al libro es que lo tengo que vender por cuatro euros porque mi hija nos ha salido poeta y va pintando letritas del Alex Ubago ese de los cojones por donde pilla. Por ahí lo vi el otro día, todo pintarraqueado en alguna página. Pero vamos, que ha pintado ese y ha pintado ese de ahí, aquel de ahí… está obsesionada la niña, tiene las camisetas, los discos, todo. Regalados tengo que vender los libros pintados. Y yo es que lo que no voy a hacer es robarle al cliente. Si el libro no está nuevo no lo voy a vender como nuevo. Y si está pintado, por muy nuevo que sea ya no es nuevo. Usted me entiende, ¿no? Por eso siempre se lo digo a mi hija; coño, María José, ¡no me pintes más los libritos! Si te gusta el maricón ese del Ubago, con todos los respetos lo digo, vamos, que yo tengo… bueno, yo no, pero vamos, que conozco gente que conoce a maricones o mariquitas o como ellos se quieran llamar, y que no pasa nada… bueno, como le iba diciendo…

El líder

A simple vista, nadie podría imaginar que fuera un líder tan carismático. Parecía cansado, apático, sin vida. Tras un buen puñado de años, su aspecto poco tenía que ver con el de otras épocas. Épocas de color, de salud, de ganas… Y sin embargo, era ahora, a la vejez, cuando se había convertido en un referente para los suyos.

Es noche profunda. El lunes de verano se ha consumido hace ya rato. Es el momento en el que el pueblo donde vive, un pequeño pueblo al norte de Córdoba que no llega a los tres mil habitantes, apaga las últimas luces. La poca vida que había durante el día, desaparece por unas horas hasta la mañana siguiente. Poco hay que hacer salvo intentar descansar. Ya todos están en casa, incluso los pocos jóvenes que por allí viven han vuelto de, como dicen las viejas del lugar, dios sabe dónde. Se apodera del ambiente un silencio seco. Es para todos la hora de dormir.

Y como cada noche, éste es su momento. En la oscuridad y la lejanía, nada importa su aspecto desastroso y gastado. Sus años, que tanto le pesan para otras muchas cosas, le dan la autoridad para convertirse, otra noche más, en líder espiritual. Él manda. Los demás lo asumen como la cosa más natural del mundo. Y como él manda, él decide cuando empieza todo. Y acaba de decidir que el momento ha llegado. Junta las fuerzas necesarias, da la señal y empieza la liturgia. Parece algo aleatorio, pero no lo es. Marca los tiempos para que todo sea perfecto. El resto se limita a seguirle. Dirige el ritual con una facilidad que impresiona. Su experiencia convierte en armónico lo que podría ser algo totalmente anárquico. Es lo más parecido a un director de orquesta. Unos cuarenta minutos después del comienzo, ya cansado, cree conveniente que la ruidosa función acabe. Mañana, más. El resto lo acepta sin rechistar.

A la mañana siguiente, cuando se cruza en la plaza del pueblo con alguno de los suyos, se ocupa de que el trato sea de tú a tú. Deja que le huelan y le laman como a uno más. No quiere que nadie en el pueblo sospeche que es él quien decide cuándo se duerme.

Los ladrones van a la oficina

“En cualquier calle, en el trabajo, escuchando la radio, en el sitio y en el momento menos esperado, intentaban robarme la soledad. No sé porqué lo hacían, pero durante años la señora del pan se empeñaba en sonreirme, un vecino me saludaba en el portal o algún compañero de trabajo me hablaba en la oficina de alguna estupidez que había visto en la televisión. Mis miradas de desprecio y mi silencio parece que no eran suficientes.

No lo puedo entender. Yo no iba por ahí intentando quitarle nada a nadie. Me daba mucho miedo que algún día pudiese suceder, que lo consiguieran, así que tuve que encerrarme aquí.

¿Qué otra cosa podía hacer? ¿Cómo iba yo a saber que estabas aquí? Siento mucho haberte hablado…”