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Los giros de cuello del águila norteamericana

Dice una leyenda que cuando EEUU entra en guerra, la alfombra del despacho del presidente, la que decora el suelo del despacho oval, se cambia por otra. Se cambia, siempre según este mito, por otra alfombra en la que el águila del escudo presidencial gira su cabeza. La gira hacia el lado de las flechas, símbolo de la guerra, dejando de mirar al lado habitual, el de las ramas de olivo que simbolizan la voluntad de paz.

Pues bien, parece que es sólo eso, una leyenda, un mito. Pero a pesar de quedarse en leyenda, sí que hay una historia relacionada con los giros de cuello de este águila.

En sus primeros años de vida, hacia el año 1850, miraba hacia las ramas de olivo dentro de un escudo todavía oficioso. Poco después, en 1877, llegó la presidencia de Hayes, que decidió que imponía más el águila mirando a las flechas. Se rediseñó el escudo y se quedó así hasta que al terminar la Segunda Guerra Mundial, el presidente Truman decidió que era necesario un rediseño de este símbolo presidencial, demasiado agresivo. Argumentó que “un presidente de EEUU, aunque estuviera preparado para la guerra, debía buscar siempre la paz”. Fue entonces, en 1945, cuando el águila del escudo volvió a girar su cuello hacia las ramas de olivo para quedarse inmóvil, haya guerra o no, hasta el día de hoy.

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La foto con Obama

Hoy, Zapatero y Obama tendrán su primera reunión oficial. ZP visita el despacho oval para conseguir la deseada foto. El País publicaba ayer este interesante artículo de Javier Valenzuela, Retratándose con Mister Marshall:

Si el Ricardo III de Shakespeare ofrecía su reino a cambio de un caballo, José María Aznar sacrificó el suyo -el Gobierno del PP en España- por una foto: aquella que conseguiría en julio de 2002, en la localidad canadiense de Kananaskis. Se le ve en ella feliz, hondamente feliz, poniendo los pies encima de una mesa y fumando un puro; a su lado, también con los pies sobre la mesa, está George W. Bush, 43º presidente de Estados Unidos.

Menos de un año después, en marzo de 2003, esa foto desembocaría en otra igualmente notoria: la del trío de las Azores. Junto a Bush y Tony Blair, Aznar situaba a España en primera línea de la inminente guerra de Irak. La operación tenía, no obstante, un serio inconveniente: si Bush ya era entonces impopular en España, la guerra de Irak lo era aún más. Ahí empezó a gestarse la derrota del PP en 2004.

La obsesión de Aznar por hacerse una foto que probara su compadreo con el inquilino de la Casa Blanca ha marcado las relaciones entre España y EE UU incluso después de que dejara La Moncloa. Entre 2004 y 2008 la política exterior de José Luis Rodríguez Zapatero fue juzgada en gran medida por su falta de sintonía personal y política con Bush, en otras palabras, por la ausencia de una foto que probara que era coleguita del texano. Poco importaba que en ese período las relaciones entre España y EE UU fueran de business as usual, que incluso aumentaran los intercambios entre ambos países. Y tampoco importaba que España se hubiera reconciliado con Francia, Alemania, Brasil, México, Chile, Marruecos y otros países enfadados por el activismo de Aznar en Irak. Bush no invitaba a Zapatero a La Casa Blanca (de hecho, Zapatero tampoco solicitaba esa cita), y, para la derecha, eso probaba que España no pesaba nada en el mundo.

Tras la manía de Aznar por retratarse con el presidente norteamericano había una visión política. Creía que el siglo XXI iba a ser unipolar, con EE UU como única potencia imperial, y que su misión histórica consistía en situar a España, junto a Israel y Reino Unido, en el grupito de los íntimos de Washington. Pero se equivocó: la guerra de Irak demostró los límites del poder estadounidense y abrió las puertas a un siglo XXI multipolar. Y, además, la mayoría de los españoles no desea una relación de vasallaje con el amigo americano.

Nadie le puede negar a Aznar una gran tenacidad. En mayo de 1998, Jon Lee Anderson publicó en The New Yorker un reportaje sobre el rey de España, en el que Richard Gardner, ex embajador de EE UU en Madrid, contaba cómo don Juan Carlos tuvo que multiplicarse para que Aznar fuera recibido por Bill Clinton en la Casa Blanca en abril de 1997. Más tarde, el Rey invitó al matrimonio Clinton a viajar a Mallorca dos días antes de de una cumbre de la OTAN en Madrid. Se trataba de navegar juntos en el yate Fortuna. Pues bien, Gardner desvelaba cómo Aznar maniobró hasta conseguir subirse al yate, pese a la poca gracia que el asunto le hacía a los Clinton.

Pero Aznar terminó aprendiendo spanglish, poniendo los pies sobre la mesa de Bush y desmelenándose en las Azores. Hizo realidad su particular sueño americano.

La fotografía no se había inventado aun cuando, más por incordiar a Inglaterra que por otra cosa, España tomó el partido de los independentistas durante la Revolución Americana (1775-1783). Pero sí registró el segundo gran momento de las relaciones entre ambos países: el hundimiento del Maine en el puerto de La Habana en 1898. EE UU declaró la guerra a España y la ganó en un santiamén; en el paladar colectivo español aún queda el regusto amargo de semejante pérdida de Cuba.

Tampoco fue feliz el tercer gran encuentro (o desencuentro) entre los dos países. A diferencia de los franceses e italianos, de los alemanes y japoneses, los españoles no le deben su democracia a la sangre derramada por soldados norteamericanos. Washington, con el demócrata Roosevelt, siguió a París y Londres en la política de abandonar a su suerte a la II República española a fin de no irritar a Hitler. Luego, ya con el republicano Eisenhower, adoptó a Franco como un socio de tercera en la Guerra Fría. En 1953 Franco cedió a EE UU cuatro bases militares, así que, como señala el historiador Misael Arturo López Zapico, “los soldados estadounidenses llegaron a España con 10 años de retraso, y no como libertadores sino para apuntalar la dictadura”. Esto también tiene su peso.

En El amigo americano. De Franco a Aznar una adhesión inquebrantable, el periodista Carlos Elordi comenta una foto en blanco y negro tomada en diciembre de 1959: la del abrazo entusiasta de Franco a un Eisenhower recién llegado a Madrid. Y recuerda que se le atribuyó al dictador esta frase: “Ahora sí que puede decir que he ganado la guerra”. Del período que seguiría la historia ha retenido otra instantánea: esa de 1966 en la que Fraga se baña en las aguas de Palomares donde había caído una bomba nuclear estadounidense. Y una gran película: Bienvenido, Mister Marshall.

Tras el restablecimiento de la democracia, España, con Adolfo Suárez y sobre todo con Felipe González, comenzó a construir una nueva relación con EE UU: socios, aliados y amigos, sí, pero cada cual con su voz y sus intereses propios. González ganó su arriesgada apuesta por el en el referéndum sobre la OTAN. A cambio obtuvo que EE UU redujera su presencia militar en suelo español. No sin arduas negociaciones, las bases de Torrejón y Zaragoza pasaron a manos españolas en 1988. Reagan, que en 1985 se fotografió con González en Madrid, ocupaba entonces la Casa Blanca.

González colaboró con el primer Bush en la Guerra del Golfo de 1990 y la Conferencia de Paz para Oriente Medio celebrada en Madrid en 1991, y de esos tiempos muchos españoles recuerdan la imagen de Marta Sánchez cantando para la entusiasmada marinería de la fragata Numancia en aguas del Golfo. Pero asimismo se constituyó en socio activo de la construcción europea y mantuvo una distintiva posición propia en América Latina. Luego, aunque no coincidió mucho tiempo con Clinton, quedó claro que el político de Arkansas le tenía una gran simpatía. Ambos firmaron en España la Nueva Agenda Transatlántica.

Así que Joaquín Roy, director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami, piensa que la “rareza” en la contemporánea relación hispano-estadounidense la puso Aznar con su “calentura atlantista”. Cierto es que tenía muchas cosas en común con Bush: el culto al capitalismo, el patrioterismo belicoso, la sobredimensión del terrorismo, el escepticismo ante el cambio climático… Hasta tal punto que la derecha republicana y neocon de EE UU consideró al PP aznarista como uno de sus grandes socios europeos.

Pero los republicanos perdieron en EE UU las legislativas de 2006 y las presidenciales de 2008. Corroborando su capacidad para empezar de nuevo, el gigante norteamericano llevó a la presidencia al demócrata Barack Obama. Y este martes le llega a Zapatero el momento de fotografiarse en la Casa Blanca con su inquilino. Por primera vez en sus más de cinco años de Gobierno. Tras su rechazo a arrodillarse ante Bush también había otra visión política.

Zapatero ya se ha visto con el flamante premio Nobel de la Paz en foros multilaterales, incluidas cumbres del G-20. Pero en la primera ocasión, en Estambul, la pasada primavera, las filtraciones sobre un cambio de Gobierno de España relegaron a segundo plano la imagen en la que Obama, con su mismo lenguaje corporal, le manifestaba gran simpatía. Y en la última, en Nueva York, las polémicas sobre si debían o no publicarse las fotos en las que salían las hijas del presidente español y sobre sus trajes góticos acallaron todo lo demás.

Zapatero y Obama también tienen cosas en común: ideas que los norteamericanos llaman liberales y los europeos socialdemócratas, una visión del mundo en la que el diálogo, el multilateralismo, la ayuda al desarrollo y la lucha contra el cambio climático toman el lugar que en tiempos de Bush y Aznar tenían el ordeno y mando, el unilateralismo, la guerra preventiva y la sacralización del mercado. De modo que tienen una buena oportunidad para cooperar en temas como la lucha inteligente contra el yihadismo, el nacimiento de un Estado palestino, la ayuda a la democracia y la justicia social en América Latina, el futuro de los 45 millones de hispanos de EE UU y la promoción de las energías renovales.

Esta nueva etapa será inmortalizada en otra foto para el álbum hispano-estadounidense, la del miércoles en la Casa Blanca. Es curioso: quién le hubiera dicho a Franco que Mr. Marshall terminaría siendo negro.

La jarra con flores

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En 1990, La Vanguardia publicaba esta noticia. Es una de las primeras referencias que los periódicos en papel (antes conocidos como periódicos a secas) hacen de esa cosa leve, desconocida, lejana, llamada Internet. Cuando la prensa en aquel momento publicaba la noticia del chico que introducía un virus en “la red Internet”, estaban hablando, en lo que tiene que ver con la prensa en papel, ni más ni menos que de la pequeña jarra con flores pintadas a mano.

La muerte es esa pequeña jarra con flores pintadas a mano que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver. La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia discretamente a un lado y al que no acertó nadie nunca a reconocer. La muerte es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo, con un poco de terror…

Año 20 antes de Obama

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A la mayoría nos suena la cara del hombre de la foto, Jesse Jackson. Lo hemos visto apoyar a Obama en su carrera hacia el poder. Sabemos que es pastor bautista, y que se emocionó al ver que un hombre negro llegaba tan lejos como lo hizo Obama aquella noche de Noviembre de 2008. Pero vamos a viajar al pasado.

Año 20 antes de Obama. Carrera electoral de 1988. Jesse, Jackson, activista pro-derechos civiles, se presenta por segunda vez a las primarias del Partido Demócrata. La primera vez que lo hizo, 4 años antes, quedó en la anécdota de un negro como aspirante a liderar el partido demócrata. Poco más. Pero esta vez es distinto. La figura de Jackson ha crecido, y aunque no consigue la candidatura, queda cerca de lograrla, moviliza mucha gente, dándole serios problemas a Dukakis, quien finalmente fue el aspirante. Era la primera vez que aparecía el rún-rún de que quizá, fuera posible que algún día una persona de raza negra ocupara la Casa Blanca.

La Vanguardia, lo contaba así el 9 de Junio de 1988:

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(Pulsa sobre la foto para verlo a mayor tamaño, en la hemeroteca de La Vanguardia)

Revolución de los claveles, hace 35 años

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Tal día como hoy, en 1974, Portugal acababa con 50 años de dictadura. Un grupo de oficiales del ejército con ideología socialista planean desde la sombra una revolución para derrocar al gobierno sin derramar sangre y entregar el poder al pueblo. A los pocos minutos de comenzar el 25 de abril, una canción, “Grándola Vila Morena”, suena por radio en la noche de Lisboa. Era la señal para que el ejército saliera a la calle a ocupar puntos estratégicos. Muchos civiles se unieron a los militares en las calle propiciando imágenes como la de niños entregando claveles a los soldados. Unas horas más tarde, una dictadura de 50 años se vino abajo.

Corresponsales de guerra (IV), Van Paasen

 

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2.000.000 de anarquistas luchan por la Revolución

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Contexto

En el fracaso del golpe militar en Barcelona jugó un papel esencial el ejército de anarquistas que asaltó el cuartel de las Atarazanas a las órdenes de Buenaventura Durruti, mecánico leonés curtido en mil exilios, atentados y batallas urbanas. Su llamamiento convocó a una columna de valor legendario. Van Paasen describe al veterano líder revolucionario como un hombre alto, moreno, de rostro despejado y rasgos morunos, hijo de un campesino pobre en el que llamaba la atención su peculiar habla chispeante y gutural. Representa a una organización sindical con dos millones de afiliados sin cuya colaboración nada podría hacer la República. Las declaraciones de Durruti a The Toronto Daily Star son una exacta radiografía de los fines, métodos y ambiciones de la revolución anarquista. “A donde quiera que vayas”, escribe el periodista en su crónica, “es Durruti y otra vez Durruti de quien se oye hablar como de un hombre admirable. Cuando le pregunta si no teme que no van a heredar más que un montón de ruinas, le contesta que los trabajadores están acostumbrados a vivir en la miseria y en las ruinas: “Llevamos un nuevo mundo en nuestros corazones”.

foto-paasenThe Toronto Daily Star, 18 de agosto´36

*Por Pierre Van Paasen (1895 – 1968)

 

 

(…) No, aún no los hemos puesto en fuga- dijo enseguida con franqueza, cuando le pregunté por las posibilidades de victoria sobre los rebeldes-. Tienen Zaragoza y Pamplona, donde están los arsenales y las fábricas de munición. Debemos tomar Zaragoza, y luego dirigirnos al sur para enfrentarnos a Franco. Seguramente, dentro de dos o tres semanas, libraremos la batalla decisiva.

 

– ¿Dos o tres semanas?- pregunté pesaroso.

 

– Sí, quizá un mes. Esta guerra civil durará todo agosto, por lo menos. Las masas se han alzado en armas. El ejército ya no cuenta. Sólo hay dos bandos: el de los civiles que luchan por la libertad y el de los civiles que son rebeldes y fascistas. Los trabajadores de España saben que si triunfa el fascismo, se verán abocados al hambre y la esclavitud. Pero los fascistas también saben lo que les espera cuando sean vencidos. Por eso la lucha es implacable y constante. Para nosotros, se trata de aplastar el fascismo y barrerlo para que no pueda volver a asomar en España. A pesar del Gobierno.

 

– ¿Por qué dice que a pesar del Gobierno? ¿Acaso el Gobierno no combate la rebelión fascista?

 

– Ningún Gobierno del mundo combate el fascismo hasta su muerte. Cuando la burguesía ve que el poder se le escapa entre los dedos, recurre al fascismo para poder mantenerse. Hace mucho tiempo que el Gobierno liberal de España podría haber dejado sin poder a los elementos fascistas. En vez de eso, dio rodeos y llegó a compromisos y perdió el tiempo. En este momento, incluso ahora, en el Gobierno hay gente que quiere tratar a los rebeldes con guante de seda. El actual Gobierno puede llegar a necesitar a las fuerzas rebeldes para aplastar al movimiento obrero.

 

(…) ¿Así que piensa seguir con la revolución? Largo Caballero e Indalecio Prieto dicen que el Frente Popular sólo es para salvar la República.

 

– Puede que esa sea la opinión de esos señores. Nosotros, los sindicalistas, luchamos por la revolución. Sabemos lo que queremos. Para nosotros no significa nada que en alguna parte del mundo exista una Unión Soviética que obtuvo la paz y la tranquilidad sacrificando al fascismo bárbaro de Stalin a los trabajadores de Alemania y China. Queremos la revolución en España, y la queremos ahora, no después de la siguiente guerra europea.

 

 

(Era corresponsal para Europa de The Toronto Daily Star. Conocía bien España y, a su llegada a Barcelona, se sumó a la columna de Durruti, mítico líder revolucionario que falleció unos meses después en Madrid. Su entrevista es un texto ya clásico para el estudio del anarquismo)

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Corresponsales de guerra (III), Jay Allen

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Matanza de 4.000 personas en Badajoz, “ciudad de horrores”

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The Chicago Tribune, 30 de agosto´36

*Por Jay Allen (1904 – 1977)

foto-allen1Esta es la historia más dolorosa sobre la que he tenido que escribir. La escribo a las cuatro de la madrugada, enfermo en cuerpo y alma, en el apestoso patio de la Pensión Central, en una de las tortuosas calles blancas de esta empinada ciudad amurallada. Nunca sabré encontrar el camino de vuelta a Pensión Central, y nunca querré hacerlo.

He llegado aquí desde Badajoz, ciudad que está a varios kilómetros de distancia, en España. Subí a la azotea para mirar atrás. Vi fuego. Están quemando los cuerpos. Cuatro mil hombres y mujeres han muerto en Badajoz desde que los moros y legionarios rebeldes del general Francisco Franco treparon sobre los cuerpos de sus propios muertos para poder cruzar sus murallas tantas veces empapadas en sangre.

He intentado dormir. Pero no se puede dormir en una cama sucia y llena de bultos, en una habitación con la temperatura de un baño turco, castigado por mosquitos y chinches, y atormentado por el recuerdo de lo que has visto, con el olor de la sangre en tu pelo, y con una mujer llorando en la habitación de al lado.

– ¿Qué le pasa? – pregunté al paisano adormilado que ronda el lugar por la noche haciendo guardia.

– Es española. Vino aquí creyendo que su marido había escapado de Badajoz.

– ¿Y no es así?

– Sí – dijo, y me miró, no sabiendo si seguir hablando -.

Si, y lo mandaron de vuelta. Lo fusilaron esta mañana.

– ¿Quién lo mandó de vuelta? -. Lo sabía, pero lo pregunté de todos modos.

– Nuestra policía internacional.

(…) Ya conocía Badajoz. Este último año he ido cuatro veces buscando información para un libro que estoy escribiendo sobre las operaciones de la reforma agraria que podría haber salvado a la República española, una República que, al margen de lo que fuera, proporcionó a España tanto escuelas como esperanza, cosas que no había conocido en siglos.

(…) Dicen que la primera noche la sangre alcanzó un palmo de profundidad. No lo dudo. Allí se asesinó a mil ochocientos hombres u mujeres, en un plazo de doce horas. En 1.800 cuerpos hay más sangre de la que imaginas. Durante las corridas, cuando el toro o algún pobre caballo sangra mucho, aparecen los monosabios para esparcir arena limpia sobre la sangre. Pero en las tardes soleadas sigue pudiendo olerse la sangre.

(…) La noche era calurosa. Había un olor en el aire. No puedo describirlo y no lo describiré. Los monosabios tendrán mucho trabajo para hacer presentable la plaza para la siguiente corrida. En cuanto a mí, no volveré a ver una corrida. Jamás.

*(Periodista de The Chicago Tribune, era tal vez el corresponsal extranjero mejor informado de España. Hablaba español y había cubierto la revolución de Asturias de 1934. Fue el primero que logró hablar con Franco y uno de los últimos que lo hizo con José Antonio Primo de Rivera. Su crónica sobre Badajoz, con la imagen del sol abrasador, la sangre y la arena de la plaza de toros, llamó la atención del mundo sobre la cruenta confrontación que se había desatado y galvanizó a la opinión internacional. En cierta medida conformó lo que iba a ser la cobertura de la guerra)