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Así se convierte una empresa en “verde”

Una multinacional decide que quiere transmitir una imagen de conciencia medioambiental fuerte. Por ello, da la orden a las empresas que forman el holding de esta compañía, de que reduzcan sus respectivos niveles de contaminación en un 50%. El responsable (que no dueño) de una de estas empresas, una de tamaño medio-grande, me cuenta la historia de cómo lo consiguió. Tras dejarse los sesos durante unas semanas y estudiar todas las posibilidades, llegó a la conclusión de que las medidas que habría que tomar para lograr esta reducción, llevarían a la empresa a una situción económica muy delicada, y ni aun así, se llegaría a ese 50%.

“Mira, esto es imposible. Sin que la empresa vaya a la quiebra, no es factible”, le comentó a los responsables de la multinacional. Estos le dieron la sencilla solución de la ecuación: 70.000 euros a la compañía eléctrica que te suministra. Setenta mil euros que sirven para, a partir de ese momento, recibir la facturación de siempre como verde. Sin mover un sólo dedo: 70.000 euros y ya eres verde.

Los países contaminantes compran a los países pobres una parte de su cuota de contaminación. Eso que no vas a contaminar tú, déjamelo a mí, que yo lo contamino. Luego, las grandes compañías energéticas de estos países contaminantes, le venden esa cuota simbólica de energía a las empresas que quieren cuidar su imagen social. La energía de siempre, la misma, pero con una “pegatina de color verde”, a precio de oro.

Los tres Titanics

A principios de los 80, un británico llamado Douglas Black puso sobre la mesa de Margaret Thatcher un informe en el que llevaba trabajando desde años atrás. Era un encargo del anterior gobierno del Reino Unido. Black, jefe del Departamento de Salud, había estado investigando por qué a pesar del gran esfuerzo económico que el país había hecho desde que acabó la II Guerra Mundial para que la atención sanitaria llegara a todas las capas sociales, la tasa de mortalidad entre clases, lejos de haberse reducido, había aumentado.

El Informe Black concluía que, aunque la atención médica universal había ayudado a mejorar la salud británica, los elementos más importantes, los que de verdad determinaban la salud de las poblaciones, habían sido olvidados por las políticas de salud. Douglas Black señalaba la necesidad de considerar la vivienda, el trabajo, la educación y la cultura como los pilares esenciales de la salud. La atención médica ayudaba, pero era sólo un complemento. Sin embargo, el complemento se llevaba todo el esfuerzo económico. A la dama de hierro no debieron gustarle las conclusiones, ya que el informe fue metido en un cajón.

El estudio realizado por Douglas Black es sólo uno más de tantos que, durante décadas, han sido tan invisibles para la población y los medios de comunicación, como sólidos en el ámbito científico.

Otro británico, Marmot, estudió durante 20 años la salud de 10.000 funcionarios, todos ellos varones de entre 40 y 64 años. Los resultados mostraron que los auxiliares administrativos tenían una tasa de mortalidad 3 veces mayor que los administrativos superiores. Aquí no había situaciones de pobreza o marginalidad. Todos ellos tenían una vivienda digna, un sueldo digno y acceso a la misma atención médica. La única diferencia era de clase social.

España fue centro de atención en otro importante estudio, el que se centraba en investigar por qué en los primeros años después de la Guerra Civil, uno de los momentos de mayor pobreza del país, la mortalidad infantil disminuyó. El autor del trabajo, un tal A. Nash, llegaba a la conclusión de que este extraño fenómeno se debía a que las madres de la postguerra eran jóvenes durante la República, periodo en que se potenció la educación de las mujeres.

Más gráfico es el ejemplo que planteaba en los años 60 el profesor Antonovsky, que utilizaba el accidente del Titanic como ejemplo para explicar la incidencia de la clase social sobre la salud. Usó los datos de las mujeres que viajaban en el famoso barco: la tasa de mortalidad de las que viajaban en primera clase fue del 0´7%; en segunda clase fue del 16% y en tercera del 45%. Hubo por tanto un problema físico común, la muerte por ahogamiento, pero la influencia de este problema físico, claro está, no tuvo la misma repercusión en todas las zonas del barco.

Es la guerra que lleva enfrentando desde hace décadas a dos modelos teóricos de salud pública. El modelo biomédico, que está muy asentado institucionalmente y además cuenta con grandes apoyos privados; y el modelo social, que ha ganado abrumadoramente todas las batallas científicas, y sin embargo ha perdido estrepitosamente la guerra.

El terremotode Haití y la investigación del Parlamento Europeo a la OMS por exagerar los peligros de la gripe más leve y costosa de los últimos tiempos son sólo dos ejemplos de este mes. Dos ejemplos de mala gestión de recursos en salud.

Spirit

Spirit, el robotico (es un decir: 200 kg pesa el muchacho) que lleva, como su gemelo Opportunity, seis años dando vueltas por Marte, se quedó atascado entre piedas hace poco, y se ha decidido convertirlo en una estación científica fija. Va a hacer poco más o menos lo mismo que antes, pero sin dar vueltas por Marte.

Así empieza el último texto que mi amigo Paco ha escrito en su blog. Sigue leyendo aquí si te apetece

¿Tenía realmente Fermat una demostración para su último teorema?

Es la pregunta que se hace Acebron, el autor de Tall&Cute, y que intenta responder en este interesante artículo:

Una de curiosidades matemáticas más comentadas es el denominado último teorema de Fermat, un problema matemático con una historia poco usual y seguro conocida por muchos lectores.

El gran genio francés acostumbraba a escribir anotaciones en el borde de los libros que leía aunque es especialmente famosa su anotación realizada en 1637 en un ejemplar de La Aritmética de Diofanto , que asegura… Seguir leyendo