Archive | febrero 2010

Antonio Valle

Era primera hora de la mañana. El aula, como los pasillos de la Facultad, estaba llena. Una pequeña timbrada interrumpió la exposición del profesor de Sociología, que hablaba de las diferencias entre Comunidad y Sociedad.

– ¿De quién es ese teléfono que ha sonado?

– Perdone, es mío. He llegado con el tiempo justo a clase y se me ha olvidado apagarlo. Lo siento mucho – El alumno se disculpaba desde su asiento mientras alzaba con una mano el teléfono culpable de la interrupción.

– Muy bien. Está usted perdonado. Y ahora, abandone la clase, por favor – respondió el profesor con un tono tan amable que parecía irónico.

– Ehhh… le he dicho que lo siento mucho. Perdón. No volverá a pasar. Lo siento, de verdad.

– Pero hombre, no se apure. Ya me ha dicho que lo siente, y yo le he dicho que por mi parte no hay ningún problema, que está usted perdonado. Dije el primer día de la asignatura que si un teléfono sonaba, el propietario sería expulsado, así que, por favor, abandone el aula.

El alumno, cabizbajo, recogió sus apuntes y se dirigió a la puerta. Cuando, ya con medio cuerpo fuera de la clase, iba a cerrar, el profesor levantó la mirada de sus papeles y volvió a dirigirse a él.

– ¡Perdone! Espero que usted no se confunda con esto. Quiero decir; que mañana estaré encantado de tenerlo aquí, sentado en mi clase.

– Gracias- contestó el alumno, confundido.

– A usted, buenos días.

Justo dos días después, un teléfono móvil volvió a sonar en la clase de Sociología. Esta vez le tocó el turno a una chica que estaba en silla de ruedas. Fue expulsada con la misma amabilidad que el otro chaval dos días antes. El profesor se levantó para ayudarla a salir. Le sujetó la puerta mientras ella, llorando, dirigía la silla hacia la salida. Mientras pasaba bajo el marco de la puerta, él se despidió con un que tenga usted un buen día, hasta mañana.

Cuando el profesor volvió a colocarse, tiza en mano, ante la pizarra, se percató de que la mayoría de los alumnos lo miraba como si acabara de matar a un lindo gatito a golpes. Él continuó con la clase sin más.

– Como decíamos, las sociedades modernas alimentan la existencia de subgrupos, dándoles trato diferencial en ciertas situaciones en las que no es necesario hacerlo, creando así situaciones de discriminación que (…)

El protagonista de esta historia es un profesor de la Universidad Pablo de Olavide, Antonio Valle. Fui alumno suyo de la asignatura de Sociología hace ya cuatro años. Cuando hablaba, paseando delante de la pizarra, me recordaba a Enrique San Francisco haciendo monólogos. El problema de la Sociología es que los sociólogos no sabemos muy bien lo que es, empezó su primera clase. Era un tío delgado y polémico, alumno de Tierno Galván muchos años atrás. Recuerdo que la mitad de la clase no lo soportaba y la otra mitad lo escuchaba hablar con la boca abierta. Yo era de la segunda mitad. Hace un par de días me enteré de que murió el pasado septiembre. Muy joven.

No me perdía ninguna de sus clases. Eran un espectáculo casi siempre. Lo llamábamos Ronaldinho. Estos días me he ido acordando de historias que contó, de anécdotas como la del teléfono, de sus clases de sociología en sí, de cosas que se me quedaron grabadas. Igual voy escribiendo aquí alguna de ellas en los próximos días, que vale la pena.

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Gato vs Oso (II)

Tras Gato vs Oso, hoy la segunda parte de lo que se convertirá en una trilogía de culto.

Bustamante y el jarrón

La otra noche, viendo la tele, me encontré con Bustamante actuando en un programa. Encontrar a Bustamante y cambiar de cadena suele ser, en mi caso, la misma cosa. Pero me quedé observándolo. Cantaba en playback y bailaba haciendo movimientos enérgicos. Tienes que llenar el escenario, le dijeron al Busta hace ya nueve o diez años en la academia de Operación Triunfo. Y él, nueve o diez años después, seguía el consejo. Daba saltitos espasmódicos sobre el escenario, gesticulaba con cada músculo de su cara y lanzaba miradas de deseo hacia la cámara.

La segunda vez que me miró con cara de deseo estuve a punto de cambiar de canal, pero no lo hice. Seguí observándolo. Y mientras lo veía dar saltitos, me di cuenta de algo tremendo: hace nueve o diez años que conozco, que conocemos, a Bustamante. Y si Bustamante no muere prematuramente y yo tampoco lo hago; si la industria de la música no decide lo contrario, es muy probable que un encuentro como éste vuelva a darse dentro de veinte. Entre medias habrá muchos otros, pero uno de ellos será dentro de veinte años. Yo estaré cerca de los cincuenta.

Para esa época, TVE probablemente siga existiendo. Y tras las doce uvas, el especial de Nochevieja seguirá ahí. Y allí estará él. Y algún año, por una cosa o por otra, allí estaré yo, delante del televisor. Allí estaremos todos. Parece sólo una especulación, pero no lo es. Es una certeza del tamaño de una catedral. Y cuando eso pase, prometo no cambiar de canal. Prometo hacer el ejercicio de observarlo, prometo quedarme allí para que me lance miradas de deseo, 20 años después. Y mientras lo hace, reflexionaré sobre mi relación con Bustamante. Pensaré que fui un ingenuo por no haber calculado, tres décadas atrás, que las consecuencias de ese nuevo concurso de cantantes iban a perdurar en el tiempo. En mi tiempo. Como cuando saludas por primera vez a alguien con quien te cruzas habitualmente por la calle sin conocerlo. Ese hola se perpetúa en el tiempo. No era un concurso de la tele, no estaban concursando, pensaré, estaban decorando la vida de la gente. Mi vida.

Y me acordaré de esa frase que escuché en una película argentina, y que dice algo así cómo que la muerte es ese jarrón decorado con flores que siempre estuvo en la salita, en el que nunca te fijaste, y que un día, de repente toma el protagonismo.

Los tres Titanics

A principios de los 80, un británico llamado Douglas Black puso sobre la mesa de Margaret Thatcher un informe en el que llevaba trabajando desde años atrás. Era un encargo del anterior gobierno del Reino Unido. Black, jefe del Departamento de Salud, había estado investigando por qué a pesar del gran esfuerzo económico que el país había hecho desde que acabó la II Guerra Mundial para que la atención sanitaria llegara a todas las capas sociales, la tasa de mortalidad entre clases, lejos de haberse reducido, había aumentado.

El Informe Black concluía que, aunque la atención médica universal había ayudado a mejorar la salud británica, los elementos más importantes, los que de verdad determinaban la salud de las poblaciones, habían sido olvidados por las políticas de salud. Douglas Black señalaba la necesidad de considerar la vivienda, el trabajo, la educación y la cultura como los pilares esenciales de la salud. La atención médica ayudaba, pero era sólo un complemento. Sin embargo, el complemento se llevaba todo el esfuerzo económico. A la dama de hierro no debieron gustarle las conclusiones, ya que el informe fue metido en un cajón.

El estudio realizado por Douglas Black es sólo uno más de tantos que, durante décadas, han sido tan invisibles para la población y los medios de comunicación, como sólidos en el ámbito científico.

Otro británico, Marmot, estudió durante 20 años la salud de 10.000 funcionarios, todos ellos varones de entre 40 y 64 años. Los resultados mostraron que los auxiliares administrativos tenían una tasa de mortalidad 3 veces mayor que los administrativos superiores. Aquí no había situaciones de pobreza o marginalidad. Todos ellos tenían una vivienda digna, un sueldo digno y acceso a la misma atención médica. La única diferencia era de clase social.

España fue centro de atención en otro importante estudio, el que se centraba en investigar por qué en los primeros años después de la Guerra Civil, uno de los momentos de mayor pobreza del país, la mortalidad infantil disminuyó. El autor del trabajo, un tal A. Nash, llegaba a la conclusión de que este extraño fenómeno se debía a que las madres de la postguerra eran jóvenes durante la República, periodo en que se potenció la educación de las mujeres.

Más gráfico es el ejemplo que planteaba en los años 60 el profesor Antonovsky, que utilizaba el accidente del Titanic como ejemplo para explicar la incidencia de la clase social sobre la salud. Usó los datos de las mujeres que viajaban en el famoso barco: la tasa de mortalidad de las que viajaban en primera clase fue del 0´7%; en segunda clase fue del 16% y en tercera del 45%. Hubo por tanto un problema físico común, la muerte por ahogamiento, pero la influencia de este problema físico, claro está, no tuvo la misma repercusión en todas las zonas del barco.

Es la guerra que lleva enfrentando desde hace décadas a dos modelos teóricos de salud pública. El modelo biomédico, que está muy asentado institucionalmente y además cuenta con grandes apoyos privados; y el modelo social, que ha ganado abrumadoramente todas las batallas científicas, y sin embargo ha perdido estrepitosamente la guerra.

El terremotode Haití y la investigación del Parlamento Europeo a la OMS por exagerar los peligros de la gripe más leve y costosa de los últimos tiempos son sólo dos ejemplos de este mes. Dos ejemplos de mala gestión de recursos en salud.

Spirit

Spirit, el robotico (es un decir: 200 kg pesa el muchacho) que lleva, como su gemelo Opportunity, seis años dando vueltas por Marte, se quedó atascado entre piedas hace poco, y se ha decidido convertirlo en una estación científica fija. Va a hacer poco más o menos lo mismo que antes, pero sin dar vueltas por Marte.

Así empieza el último texto que mi amigo Paco ha escrito en su blog. Sigue leyendo aquí si te apetece