Archive | diciembre 2009

Cuando Lopera se metió a director de cine

En 1992, Lopera pagó las deudas del Betis convirtiéndose desde aquel momento, y hasta hoy, en máximo accionista. Según parece, días después, Don Manuel decidió grabar un corto para inmortalizar su gesta económica. Todas las personas que aparecen en el video encarnan a su propio personaje en la historia, incluído, por supuesto, el actor principal, Lopera. Hasta hace un par de años, esta película de autor, permaneció en poder del aún presidente del Betis, momento en el que decidió que viera la luz para recordar a los críticos con su gestión, cómo fue su hazaña. Creo que no hay una palabra en el diccionario, y hablo totalmente en serio, que defina bien este video.

Una vez visto el video compulsivamente durante una hora, a mí me quedan varias preguntas:

¿Cómo sería el momento en el que Lopera comunicó a los demás protagonistas su intención de hacer este corto? ¿Estuvieron estas personas ensayando su parte del guión en casa con sus respectivas familias? ¿Él mismo escribió el guión o se lo encargó a alguien? ¿Quién se encargó de la postproducción? ¿La escena salió bien a la primera o hubo que repetir? ¿Quién había detrás de la cámara?

Reality Amén

Viñeta del gran Enrique Bonet para Irreverendos

Así se fraguó: El anuncio de Campofrío

Diez de la mañana. Séptima planta de un edificio en la Gran Vía de Madrid. En las oficinas de una importante agencia de publicidad, el director de la agencia y uno de los creativos, Ramírez, están reunidos desde hace unos minutos. Sobre la mesa, un encargo de la empresa Campofrío.

Director: (…) y bueno, esas son las líneas maestras del trabajo que tenemos por delante.

Ramírez: Yo le estuve dando vueltas anoche al asunto, ¿sabe?, y se me ha ocurrido una idea, jefe.

Director: A ver. Dígame.

Ramírez: Verá, la idea es ésta. Acojonante. Le cuento. Póngase en situación…

Director: Al grano, Ramírez.

Ramírez: Bien. Yo propongo lo siguiente: Un soldado español, en alguna guerra, no sé… en Vietnam, por ejemplo…

Director: ¿Soldado español en Vietnam? España no estuvo en Vietnam, que yo sepa.

Ramírez: Ah, ¿no? Bueno, da igual, pues en otra guerra. En una de esas del telediario, esas con un montón de arena y escombros. La de… el país ese famoso que está lleno de mor… de musulmanes, por ejemplo.

Director: Continúe, Ramírez, y concrete la idea, por favor, que tengo una reunión con un cliente en quince minutos.

Ramírez: Bueno, la cosa es que un soldado español recibe el correo, no un e-mail, una carta de papel de las de toda la vida, ¿sabe?, porque en los países estos no hay cables para el Internet ni nada, y bueno, cuando el tío recibe la carta, acaricia la foto de su hijo o de su mujer o de su puta madre, lo que sea. Después mira dentro del sobre… bueno, del sobre no, que ahí no cabe. Lo que le han mandado es un paquete. Sí, mejor un paquete…

Director: Por favor, céntrese.

Ramírez: Sí, sí, me centro, me centro. La cosa es que el tío, el soldado, cuando abre el paquete se encuentra comida inglesa o algo así. Claro, porque en las guerras de hoy en día están allí mezclados soldados de todos lados, ¿sabe? Y él lo que quería encontrar dentro del paquete era jamón cocido, no mierda de comida inglesa, ¿sabe? Y claro, el soldado se cabrea. Normal,  joder, porque llevará allí ya unos meses, rodeado de arena y durmiendo como si estuviera en el camping de un festival de música, sin sombra ni nada…

Director: De verdad, Ramírez, tengo prisa, Si quiere lo dejamos para esta tarde…

Ramírez: No, no, espere. Ya acabo. La cosa es que, el tío se reúne con los demás soldados españoles, les cuenta lo que le ha pasado y se entera de que a ellos tampoco les ha llegado el chóped ni el jamón cocido. Así que se van a por los ingleses…

Director: Joder, Ramírez, parece un chiste malo.

Ramírez: Espere, que ahora viene lo bueno. El tema es que, se van a por los ingleses. Y les dicen ¿“güer is de jámon”? Y los ingleses, que no, que no tienen ni idea, y que además no entienden “ni pipas” de lo que los españoles dicen. Es bueno, ¿eh? Así que, uno de los españoles, el que recibió el paquete, dice, vale, pues os vais a cagar. Bueno, no lo dice, pero lo piensa. Y empieza a cantar la canción de la Macarena, la de Los Del Río, los dos gorditos esos tan graciosos…

Director: Ramírez, ¿está usted de broma, verdad?

Ramírez: No.

Director: Termine, hágame el favor.

Ramírez: Vale, por dónde íbamos… ¡ah, sí! Pues eso, empieza el tío a cantar la Macarena: “Dale a tu cuerpo alegría Macarena, que tu cuerpo es p´adarle alegría y cosas buenas, dale a tu cuerpo alegría Macarena, ¡ay Macarena!” ¿Se acuerda de Bush bailándola? Qué pelotazo ¿eh?… y entonces, claro, el inglés que ha robado todo el Campo Frito…

Director: Campo Frito no. La empresa que nos ha hecho el encargo es Campofrío, Ramírez. Cam-po-frí-o. Y el que bailó fue Clinton.

Ramírez: Bueno, vale, lo que usted quiera, jefe, pero lo importante es que cuando se llega a ese momento de la canción, el inglés que ha robado el jamón y el chóped no puede resistirlo más, porque claro, como ya ha probado la comida española, el Canto Frío ese, pues claro, se ha impregnado de españolismo, ¿no?, y entonces, pues claro, no puede más y grita, “¡ay, Macarena!”. Y entonces, el español lo señala y dice: “¡Ahí!”, y claro, todos saben ya quién ha sido el inglés que ha robado el Castro Frío y los españoles recuperan su comida. La de España, no la mierda inglesa.

Director: (Silencio)

Ramírez: Y ya, como guinda, ¿no?, pues saldría la silueta de un soldado español tocando el estribillo de la Macarena con la corneta, y la bandera de España y el logo de Campo Frito al fondo.

Director: (Silencio)

Ramírez: ¿Acojonante o no?

Director: Me dijo antes que esto es en serio, ¿verdad?

Ramírez: Claro.

Director: Una cosa: tómese dos semanas de vacaciones. Váyase a casa. Son muchos años trabajando juntos, le aprecio y me tiene usted preocupado últimamente. Creo que necesita descansar, desconectar unos días.

Ramírez: Vale, pero entonces, lo del anuncio de Campo Frito…

Director: A ver cómo se lo explico… si todos sus compañeros, todos ellos, enfermaran o murieran, el encargo sería suyo.

Ramírez abandona la sala triste, porque intuye que al jefe no le ha gustado su idea, que no ha entendido la profundidad de su planteamiento. Y dos semanas de vacaciones en casa no iban a sanar esa tristeza.

Las vacaciones no, pero el brote de gripe A que afectó a toda la plantilla de la agencia unos días después sí:

Actualización: Ramírez es un tío que no deja de sorprenderme. Me acabo de enterar de que Campofrío tiene un twitter. Y a raíz de este texto, me siguen. Choped 2.0

Asado de Ternera

“Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla”, así me decías nada más acercarme al cristal del mostrador. Entrabas en la cámara frigorífica y volvías con la carne, roja y brillante, como si acabaran de matar al animal. La soltabas sobre la bandeja, tecleabas el código y aparecía el precio en la ventanita.

Demasiado cara para mi bolsillo, pero yo prefería ahorrar en tomates y jamón, antes que renunciar a la tapilla. “¿Cómo la quieres, guapa?”, preguntabas mientras la recorrías con la mano como si la acariciaras. Y sin esperar mi contestación, porque tú la sabías de otras veces, afilabas el cuchillo y la ibas limpiando. Yo te dejaba hacer sin hablar, no fueras a cortarte; y tú encogías los dedos de la mano izquierda, presentando los nudillos al filo del acero. Agarrabas el mango del cuchillo con la otra mano y lo movías con precisión para no llevarte ni un gramo de carne. Sólo la piel y la grasa. Me gustaba verte trabajar para mí con tanto mimo. “¿Te la meto en la malla, guapa?”, preguntabas guiñándome un ojo. Y yo me ponía roja. “No, que encoge”, te decía. Y tú: “¡Cuánto sabes, guapa! ¿Y cómo la preparas?”. Entonces yo volvía a darte la receta: “Sal; unas vueltas en el aceite de oliva, hasta que se dore; una cebolla en aros; orégano; un vaso de vino blanco, y veinte minutos en la olla. Luego enfriar y cortar en filetes”. “¡Qué bien lo haces, guapa! Tu marido debe de estar muy satisfecho”, decías. Pero no, a mi marido le daba igual. “Algunos no saben apreciar lo que tienen en casa. Toma, guapa”. Al entregarme la carne envuelta, nuestras manos se tocaban. Tú tardabas unos segundos en retirar la tuya y a mí se me aflojaban las piernas y tenía que hacer un esfuerzo para moverme de allí. Pasaba por la frutería a por las naranjas y los tomates baratos, luego por la charcutería a comprar la mortadela de aceitunas y el chorizo de guisar, y por último a la pescadería a por los chicharros y las sardinas. Cuando ya no tenía nada que comprar, remoloneaba un poco entre los puestos, haciendo como si mirase la mercancía, y después, a mi pesar, volvía a casa.

Agustín llegaba del trabajo y todo eran quejas. Que si estoy agotado, que si vaya vida, siempre trabajando, que si a ver si preparas pronto la cena para irme a dormir. A mí ni preguntarme qué tal me había ido. Luego se quedaba transpuesto en el sillón mientras yo ponía el vídeo con la película de Hilda y lloraba un poco, a lo tonto, con aquella bofetada del protagonista a su chica. A veces Agustín se iba a la cama antes de que terminase y cuando yo entraba en la habitación, él ya estaba roncando. Otras, las menos, se espabilaba un poco y nada más meternos entre las sábanas, se me ponía encima con esa respiración de asmático que tanto odiaba. Yo cerraba los ojos y eras tú el que me abrazaba, y eran tus manos las que subían por mi espalda y se enredaban en mi pelo, pero más suave, porque Agustín, más que acariciar, restregaba y daba tirones. Luego él se retiraba de golpe y se daba la vuelta con un buenas noches, como si nada, dejándome a dos velas y sin sueño. Antes de que tus piropos, tus guiños y tus miradas, me animaran a vestirme con mi mejor falda y mi mejor jersey; antes de que aguantara el suplicio de los tacones; antes de que me pusiera la raya negra en los ojos y el carmín en los labios; antes de que tú me dijeras tengo reservada para ti, guapa, una tapilla, yo lloraba en silencio hasta que el sueño me rendía. Pero fue conocerte, y pasar la noche soñando con que eras tú el que dormía a mi lado. Y no me dabas la espalda. Me abrazabas y me decías esas cosas tan bonitas que sabes decir. Yo volvía a la mañana siguiente al mercado, bien arreglada para ti, con el carrito de la compra, aunque muchos días no tenía nada que comprar y sólo lo paseaba de un lado a otro mientras te miraba, y tú a mí, por el rabillo del ojo. A veces me gritabas: “¿Hoy no me quieres, guapa?”. Y yo que no, que tengo carne en el frigorífico, que mañana.

“Algunos hombres no saben apreciar lo que tienen. ¡Ay si no fuera porque estás casada!”, dijiste el viernes antes de darme la tapilla. Y yo sentí más que nunca tener que dejarte detrás del mostrador para volver a casa. Se me hizo insoportable la sola presencia de Agustín. Se me hizo insoportable no poder verte durante el fin de semana. El mercado tenía echado el cierre y yo paseé por la acera, arriba y abajo, taconeando con rabia, como un animal al que le niegan la comida. Porque tú me alimentabas con tus guiños y tus piropos y esa manera de decir: “Tengo reservada para ti, guapa, una tapilla”. El sábado se hizo interminable, a pesar de Hilda y de mis paseos. El domingo fue menos cruel. Cada minuto que avanzaba en la esfera del reloj, era uno menos para volver a verte. Un alivio mirar por la ventana y ver el sol desaparecer detrás de los edificios. Esperé en un duermevela a que la noche se consumiera, con Agustín al lado, roncando y diciendo palabras sin sentido. Lo movía un poco y él: “¿Qué pasa?”. “¡Qué va a pasar!, que roncas”. Se daba la vuelta y en seguida otra vez. No soportaba su sueño de cavernícola, no soportaba su despertar con el aliento a saliva rancia. Lo estuve mirando mientras se afeitaba, con los cordones del pijama colgando debajo de la tripa, y sus brazos fofos y velludos saliendo de la camiseta de tirantes. Me dio como un mareo, una náusea seca, de esas tan malas porque no tienes nada que echar. Pero yo si tenía algo que echar aunque no era comida. Me puse mi mejor vestido, ese azul que dijiste que te gustaba tanto, y unos zapatos de tacón muy alto. Pasé mucho tiempo delante del espejo cubriendo con una capa de maquillaje las bolsas de los ojos de tan poco y mal dormir; di color a mis mejillas sin jugo; pinté mis labios de rojo pasión, y me fui al mercado sin carrito. Me acerqué al mostrador, y antes de que tú hablaras, te dije: “Voy a dejar a mi marido”.  Te quedaste callado y miraste a un lado y a otro como si buscaras algo, luego dijiste que lo sentías mucho y yo me quedé frente a una paletilla de cordero, un pollo y un conejo, sin poder esconderme. Luego, me preguntaste muy serio qué quería, y yo te contesté sujetando el llanto: “¡Qué voy a querer! La tapilla”.

Lola Sanabria, ex-colaboradora de la revista ElGranPoder.com y mi “relatista” favorita.

Matemático Iker

Oído anoche en Milenio3, el programa de Iker Jiménez en Cadena SER:

– Iker Jiménez:  Bueno, bueno… Carmen, veamos qué opina la gente en la encuesta de la web del programa

– Carmen: Pues en la web, un 71% cree que sí hay entes que nos vigilan y habitan entre nosotros. Un 29% cree que no.

– Iker: ¡Guau! ¡Menuda participación! Y eso que el programa acaba de empezar

“Si soy músico, es porque de pequeño me grababa cintas TDK. Las cintas de hoy son los archivos digitales”

Por suerte, no todo son Ramoncines. En mitad de la tormenta, tras las tristes palabras de Rosario Flores da gusto saber que hay músicos que ven el tema de la libre descarga, o lo que es lo mismo, la libre cultura con algo más de sentido común.

Tote King: “Yo estoy a favor de las descargas sí o sí. Sencillamente, mi forma de ver la vida va mucho más allá de una empresa. Si soy músico, es porque de pequeño me grababa cintas TDK. Las cintas de hoy son los archivos digitales”

Y habla alguien que es, a la vez, artista y empresa, ya que editará él mismo su próximo disco.

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Colaboración con Terc3ra Información

Desde hoy empiezo a colaborar con el diario Tercera Información. Mi primer texto trata sobre la relación de IU con los medios de comunicación. Para ello he entrevistado a cinco periodistas: Enrique Meneses, Rosa María Artal, Fernando Berlín, Javier Casal y Nacho Corredor. Puedes leer el artículo aquí

Actualización: … y para empezar la colaboración, portada de Menéame