La búsqueda

El reloj del Ayuntamiento anunciaba las cinco de la tarde. Es la época en que las hojas de los árboles decoran la céntrica plaza. Parece que alguien las hubiera colocado estratégicamente en el suelo. Esos colores ocres hacen pareja perfecta con el medio centenar de quioscos de color gris que habitan la plaza durante el tiempo que dura la feria del libro.

El año anterior me quedé con ganas de ir, así que este año decidí que iba a dedicar una tarde a pasear ojeando viejos libros. Tras devolver a su sitio un ejemplar perfectamente conservado de Versos de Guadarrama, de Leopoldo Panero, decidí que era hora de ir a tomar un café. Llevaba ya recorriendo los quioscos de la feria algo más de una hora. Antes de irme, mientras hacía como que buscaba algún ejemplar, observé durante un par de segundos al dueño del stand.

Era un señor con barba y gafas de pasta negras de alrededor de cincuenta años. Vestía gabardina, bufanda, sombrero y pantalones de pana. Al tipo le quedaba bien el papel de librero ambulante. Con la mano izquierda se acercaba a la boca una pipa. Olía a tabaco seco en varios metros a la redonda. Con la derecha colocaba minuciosamente en su sitio unos libros para que estuvieran bien a la vista de los visitantes.

Del inconveniente de haber nacido. El título me llamó la atención y decidí retrasar el café un par de minutos. Un libro escrito en el 73 por un filósofo rumano, un tal Emile Ciorán. Pesimismo puro y duro. La contraportada estaba vacía, pero la sinopsis podía haber sido perfectamente algo así como: “un libro para entrar en depresión de forma culta”. Cuando iba a cerrarlo para evitar suicidarme allí mismo, encontré algo apuntado en el margen de una página. Estaba escrito a boli, quizá a pluma. Sólo Solos Somos Libres. El breve mensaje lo firmaba una tal María J.

En ese momento lo vi claro. Tenía que hacerlo. La aventura iba a ser dura. Iba a sufrir muchos reveses. Iba a arriesgarme a la más que probable posibilidad de fracasar, pero me apetecía intentarlo. Me sentía como el protagonista de aquel libro de Saramago, un hombre triste y aburrido que trabajaba en el registro civil y que un día decidió darle emoción a su vida saliendo a la búsqueda de una mujer de la que sólo tenía un parte de bautismo de hacía 50 años.

Tenía que encontrar a la chica o mujer que había escrito, quién sabe hace cuantos años, esa frase, Sólo Solos Somos Libres, y preguntarle el por qué de una afirmación tan pesimista. ¿María se habría contagiado tras leer aquel deprimente libro de Ciorán? ¿Sería así de siempre y por eso eligió una lectura como aquella? Empecé a sentir un agradable cosquilleo en mi estómago. Es el mismo que se tiene siempre que se toma la decisión de adentrarse en algo que provoca especial ilusión.

El paso primero tenía que ser, obligatoriamente, averiguar de dónde venía el libro. Según el cartel, la librería del tipo de la pipa era de Granada. Librería López (Granada). Había bastantes libros antiguos bien conservados, que el librero habría comprado probablemente a quienes quisieran deshacerse de ellos, para venderlos luego por un precio mayor en este tipo de ferias. María J, de Granada. Me gustaba cómo sonaba. Si era joven, tenía que ser guapa, seguro. María J, de Granada. La ciudad de la Alhambra. María J, triste, leyendo a Ciorán, sentada en el Albaicín, observando la Alhambra a lo lejos, componiendo tristes versos. De puta madre. Si era mayor, tampoco estaría mal. Sería interesante el debate con ella: María J, con la experiencia que le han dado los años, ¿de verdad piensa que Sólo Solos Somos Libres?

Dejé de divagar y me puse manos a la obra. Aproveché que no había nadie en el stand, sólo el librero y yo.

– ¡Perdone! – me dirigí al maniquí con pipa, gabardina y gafas de pasta

– Sí, dime

– Verá, es una pregunta un poco extraña, pero, ¿sabría decirme usted desde cuándo tiene este libro a la venta?

– Pues claro que sí, hombre. Unos dos años, más o menos. El tiempo que hace que tengo la librería. Me la traspasó mi cuñado de Granada. Y a ese libro, lo que le pasa es que, aunque está nuevo… vamos, ya lo está viendo usted…  lo que le pasa al libro es que lo tengo que vender por cuatro euros porque mi hija nos ha salido poeta y va pintando letritas del Alex Ubago ese de los cojones por donde pilla. Por ahí lo vi el otro día, todo pintarraqueado en alguna página. Pero vamos, que ha pintado ese y ha pintado ese de ahí, aquel de ahí… está obsesionada la niña, tiene las camisetas, los discos, todo. Regalados tengo que vender los libros pintados. Y yo es que lo que no voy a hacer es robarle al cliente. Si el libro no está nuevo no lo voy a vender como nuevo. Y si está pintado, por muy nuevo que sea ya no es nuevo. Usted me entiende, ¿no? Por eso siempre se lo digo a mi hija; coño, María José, ¡no me pintes más los libritos! Si te gusta el maricón ese del Ubago, con todos los respetos lo digo, vamos, que yo tengo… bueno, yo no, pero vamos, que conozco gente que conoce a maricones o mariquitas o como ellos se quieran llamar, y que no pasa nada… bueno, como le iba diciendo…

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About Gerardo

Un blog sobre Medios de Comunicación, Política, Arte, Historia, etc, escrito por Gerardo T.C.

5 responses to “La búsqueda”

  1. Tere Marin says :

    ¡¡Bello , bello texto!! y ese punto de ironía…ese no dejarse llevar por las apariencias ni del libro ni del librero….¡¡me encantó!!
    Gracias por compartir…lo encontré gracias a MENEAME y a Asumido.Gracias también a esa persona si no eres tú.
    Saludos desde Argentina

  2. becka says :

    que historia! escribes muy bien. Una pena la historia y la busqueda (??) no sigue.

    me encanta los libros viejos…aquí en Sundsvall hay una liberia que solo venden libros viejos y huele maravilloso.

  3. Susso3jo says :

    que bueno niño!

  4. Claudia says :

    Después de haberme conseguido enganchar… de haberme conseguido entusiasmar con una búsqueda a la que estaba dispuesta a acompañarte… Qué desilusión!
    Me encantó el texto.

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