Archive | 15/03/2009

Ayúdame, hermano

9788433910899“Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas. De ahí que la amistad aparezca representada como pactos de sangre, lealtades eternas e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. No debe ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados…”

Así empieza Cuatro amigos, un libro que David Trueba escribió hace ya diez años y yo leí hace unos ocho o nueve. El otro día, viendo por la tele cómo hablaban del tema del asesinato de Marta del Castillo, me acordé de este fragmento.

La versión oficial que ofrece la policía es, como seguramente todos sabemos, que el chico que la mató golpeándola con un cenicero, al darse cuenta de lo que había hecho, llamó a sus dos amigos para que le ayudaran a deshacerse del cuerpo. Ellos acudieron y le ayudaron. Todo asesinato es cruel, es triste y es repugnante. Y evidentemente, encubrir y ayudar a alguien que asesina es un delito grave.

Dicho esto, si todo sucedió como la policía cuenta, esos que ayudaron al tal Miguel, son unos auténticos amigos. O como dice el fragmento del libro, los que lo ayudaron sobrevaloran (o sobrevaloraban) la amistad. Elevaron el concepto de amistad a un nivel tan alto como para pagar el precio de años de cárcel. O eso, o son unos inconscientes que pensaban que la policía no los pillaría. O una mezcla de las dos cosas.

Si un amigo te pidiera que lo ayudases porque ha hecho algo horrible… ¿lo harías? La respuesta recomendable, si no quieres parecer un ser peligroso y poco fiable a ojos de la sociedad, sería “no, nunca ayudaría a un asesino, el que hiciera eso dejaría de ser mi amigo”.

¿Y si quien lo hace y te lo pide es tu hermano, tu padre o tu madre? La respuesta recomendable en este caso, si no quieres parecer, a ojos de la sociedad, un ser cobarde, poco fiable, un traidor para con los tuyos, sería: “Por supuesto, yo por mi padre, madre o hermano haría lo que fuera”.

Seguro que en este caso, el asesino les dijo a sus amigos cuando los llamó, “ayudadme, hermanos”.

ACTUALIZACIÓN: Parece que la versión que le contaron todos a  la policía era mentira, están todos pringados. Ni amistad ni pollas

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Corresponsales de guerra (II), Mario Nieves

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Después de la caída de Badajoz, las columnas rebeldes se preparan para partir. La justicia militar prosigue con rigor inflexible

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Contexto

Después de cruzar el estrecho, el ejército de África avanzó hacia el norte, paralelo a la frontera portuguesa, con la intención de unir las dos zonas nacionales y dirigirse luego a Madrid. Al mando del teniente coronel Yagüe, las tropas se desplazaban en destacamentos de unos cien hombres sin encontrar apenas resistencia: doscientos kilómetros en sólo una semana. Los días 10 y 11 de agosto se entabló batalla en Mérida. Salvado este escollo, Franco renunció a continuar hacia Madrid lo más rápidamente posible y retrocedió a Badajoz, donde se habían concentrado muchos partidarios del Gobierno republicano. El 14 de agosto, bajo un sol inclemente y el omnipresente hedor de la sangre, tuvo lugar la batalla. Con presupuestos estratégicos de la época de Napoleón, los legionarios intentaron escalar las murallas de la ciudad hasta que lograron abrir una brecha en la Puerta de la Trinidad. La conquista continuó casa por casa, incluso dentro de la catedral, donde también se combatió. La ciudad quedó cubierta de cadáveres y se desató la represión. A la mañana siguiente, Mario Nieves llegó a Badajoz.

foto-mario-nievesDespués de la caída de Badajoz, las columnas rebeldes se preparan para partir. La justicia militar prosigue con rigor inflexible

Diario de Lisboa, 16 de agosto´36

*Por Mário Nieves (1912 – 1993)

He regresado hoy a Badajoz, no porque el espectáculo de ayer me dejara alguna nostalgia, sino porque debía de haber aún mucha cosa que observar en la ciudad fronteriza ocupada por los rebeldes.

(…) La entrada a la ciudad ya nos es tan difícil como ayer, aunque no nos libran de presentar el salvoconducto que el teniente coronel Yagüe mandó que nos extendieran. Los soldados del Tercio y los “regulares” marroquíes están con los preparativos de partida. Decenas de camiones aguardan en las calles la orden de salida. Se nota por toda la ciudad un movimiento intenso de legionarios y marroquíes que se suben, apresuradamente, en las camionetas. La columna va a partir, no quedan dudas. Los camiones están cargados con todo tipo de material bélico y de ingeniería. Grandes letras blancas pintadas en los vehículos dicen: “Columna de Castejón – 5ª bandera – 2ª legión”.

(…) Pasamos después por el foso de la ciudad, que sigue lleno de cadáveres. Son los fusilados de esta mañana, en su mayoría oficiales de los que se han mantenido fieles al gobierno de Madrid y que han estado peleando hasta el último momento. Uno de ellos es el teniente coronel Juan Cantero, con su pelo gris, al que la muerte sorprendió en mangas de camisa y que yace entre otros de apariencia humilde.

Cerca, junto a los destrozos causados por el bombardeo y la metralla que ha cesado, aún se ve una bomba aérea que no ha llegado a explotar.

(…) En las calles principales hoy ya no se ven, como ayer a primera hora de la mañana, cadáveres insepultos. Algunas personas que nos acompañan nos aseguran que los legionarios del Tercio y los “regulares” marroquíes encargados de ejecutar las decisiones militares, pretenden únicamente conservar los cadáveres en exposición durante algunas horas, en algún que otro punto, para que el ejemplo produzca sus efectos.

Nos explican también que la forma de seleccionar a los presos para la pena última consiste en el examen del cuerpo: los que presentan aún la señal de las culatas de los fusiles grabada en el pecho, por haber estado disparando durante mucho tiempo, pueden considerarse dados por perdidos.

Hoy hemos ido de nuevo a la “Comandancia” militar. Se nota un poco más de orden que ayer. Ya no vemos en la oficina del capitán ayudante del teniente coronel Yagüe tanta diversidad de informes, ni oímos tantas órdenes dadas al mismo tiempo, como ayer. Nos reciben amablemente cuando declaramos nuestra identidad. Pero hoy no hay noticias.

*(Por entonces joven reportero de Diário de Lisboa, fue el primero en dar la noticia de la terrible represión de Badajoz. Cuando logró entrar en la ciudad fue testigo de un espectáculo de “desolación y pavor”. La última de sus conmovedoras crónicas fue censurada y no llegó a ver la luz)

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