Archive | 05/03/2009

Julio Anguita

Era la segunda entrevista que hacía. Seguramente por eso me acuerdo de la fecha y los detalles con exactitud. Era un lunes, 13 de Febrero de 2006. Hace ya más de tres años. La cita era en Córdoba, a las 11:30 de la mañana, en la sede del Partido Comunista, un edificio viejo pero bastante bien conservado situado en el casco antiguo. Era, y sigue siendo, la base de operaciones de Izquierda Unida, que gobierna Córdoba desde hace años.

Salimos temprano para que nos diera tiempo a recorrer en coche los 150 kilómetros que separan Sevilla y Córdoba, entrar en la ciudad y encontrar el edificio en el que habíamos quedado. Como nos sobró media hora y queríamos agradecerle el detalle de dejarse entrevistar por tres niñatos que tenían una “revista digital”, hicimos una paradita en una librería, donde compramos un libro de poesías de Rimbaud para regalárselo. La elección del libro no era casual. Rimbaud habló del poder de las palabras. Esto nos influyó a la hora de elegir un nombre para la revista, “El Gran Poder”.

Diez minutos antes de la hora subimos, preguntamos si había llegado Julio Anguita explicando que habíamos quedado con él mediante su secretaria o alguien que hacía esa función. Hasta que no escuché decir “sí, hablasteis conmigo, Julio tiene que estar al llegar”, yo no estaba seguro, ni mucho menos, que Anguita fuese a aparecer. De hecho, la frase más repetida esa mañana, de camino en el coche mientras terminábamos de “editar” la entrevista, fue “no va a venir”. “¿Ese hombre va a dejarse entrevistar por tres niñatos que ni siquiera son periodistas?”.

Pero sí, se dejó. Llegó a las 11:32, dos minutos después de la hora, subiendo las escaleras a toda prisa y pidiendo perdón porque había calculado mal la distancia entre el gimnasio y la sede del PC. Era la primera vez que escuchaba a alguien pedir perdón por llegar tarde unos segundos. Nosotros todavía no teníamos preparado el sistema de grabación, un micro y un ordenador.

La entrevista fue en la sala de reuniones de la ejecutiva del partido, una habitación con una capacidad para unas veinte personas. Como si fuera un soldado dirigiéndose a sus superiores nos preguntó “¿dónde me tengo que sentar?”. Nos quedamos un poco cortados, y dubitativos le dijimos que donde quisiera, donde estuviera más cómodo. Era su casa.

Se sentó y comenzó la entrevista. Me sorprendió su forma de hablar, sus formas de profesor de escuela. Recuerdo su respuesta cuando le preguntamos que “qué intentaba transmitir como profesor a sus alumnos”. El valor del trabajo y del esfuerzo, nos dijo. Nos reconoció que era un profesor muy exigente, “porque yo, entre otras cosas, el primer día de clase les doy mi número de teléfono para que me llamen a cualquier hora si tienen una duda. Si yo me vuelco, exijo que mis alumnos también lo hagan”. También recuerdo con qué énfasis hablaba de lo que era para él la verdadera tarea de la izquierda, crear conciencia sobre temas como el consumo. Cuando la crisis económica era algo aun inimaginable para la mayoría, Anguita insistía una y otra vez en la necesidad de cambiar la educación en torno al consumo. “No podemos seguir así, esto no se sostiene”.

Hablamos de muchas cosas. Política, religión, arte, medios de comunicación, historia, filosofía… La entrevista duró prácticamente una hora. Fue un lujo. Me gustó la indignación con la que hablaba de sus compañeros de profesión, los políticos. “¿Qué es eso del marketing político? ¿Cómo podemos consentir que unas elecciones se conviertan en una campaña publicitaria?”, y luego nos contaba orgulloso cómo, en época de elecciones, él se pateaba su ciudad de punta a punta hablando con la gente, no para pedirles el voto, sino para darles sus charlas con la nada comercial forma de hablar que tiene, como un profesor de escuela. “Y cuando lo hacía no avisábamos a la prensa para que nos hicieran la foto”, nos decía levantando enérgico el dedo índice. También recuerdo la forma de mirar mientras nos hablaba, clavando los ojos con una intensidad que no varió en ningún momento a lo largo de la hora que duró la entrevista.

Cuando acabó, le dimos las gracias, le pedimos permiso para sacarle unas fotografías para ilustrar el encuentro y sacamos el libro diciéndole que le habíamos traído un regalo. “¿Un regalo? ¡No, por favor!”, nos dijo mientras abría la bolsa de la librería. “Hombre, Rimbaud”, nos preguntó “por qué este libro”, se lo explicamos y nos empezó a hablar sobre el concepto de ”palabra”. Antes de despedirse nos volvió a sacar el tema de su “impuntualidad” de dos minutos (una hora después parecía no habérselo perdonado) y nos contó que por el problema de corazón que lo apartó, de la política, tenía que ir al gimnasio todas las mañanas. Se le notaba en buena forma.

Un rato después fuimos a la Plaza de las Tendillas a tomar una cerveza y comer algo antes de volver a Sevilla. Allí lo encontramos, sentado, charlando con unos amigos, enseñándoles el libro que le acabábamos de regalar.

Hoy he leído unas declaraciones del actor José Sacristán, en las que se preguntaba “¿Dónde coño está Izquierda Unida?”. Yo lo tengo claro. Está en Córdoba.

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